22 Ramón Carmona Vásquez y Maira Vernet de Molina Gaspieri
Aunque no creo en nada debo admitir que he convivido con personas de otra época y
también con personajes inmortales.
Entre mis compañeros de ruta está, porque nunca se ha ido, Edgar Allan Poe.
Cuando en 1976 viajé a España para intentar que se publicara mi obra de teatro “Pinochet
dictador”, profundamente apasionada y de escasa calidad teatral, escrita en los primeros
años de la brutal dictadura de Pinochet, opté por cortarme la barba para hacerme menos
reconocible durante esos días de gestiones para conseguir publicar algo contra el dictador.
Cuando llegué al hotel y me miré al espejo desprovisto de barba mi sorpresa fue enorme
pues observé que me parecía mucho a Edgar Allan Poe.
Ya quisiera yo haberme parecido a él en sus inmensas virtudes, en su brillante intelecto y
en su extraordinaria capacidad de análisis y de desentrañar códigos.
También he convivido con Auguste Dupin, personaje de Poe nacido en Paris a los 40 años,
privilegio éste de nacer ya mayor de edad que solo pueden darse los personajes de ficción.
Con Dupin nació la novela policial o de detectives, hoy llamada novela negra.
El primer caso que desentrañó Dupin es imaginario. Sucede en París. El asesino es un
gorila escapado de cualquier página.
El segundo caso, el de María Roget, transcurre en Paris aunque corresponde a la historia
real de Mary Cecilia Rogers, de 18 años, dependiente de perfumería, asesinada en Nueva
York supuestamente por una pandilla de adolescentes.
Dupin lee los periódicos de la época del asesinato de María Roger, discute sus
conclusiones y sentencia que el asesino fue un marinero ex novio de Mary, quien en la
vida real fue condenado tras publicarse el cuento de Poe y conocerse las pruebas que
Dupin aporta en el mundo imaginario de la segunda historia policial de la historia.
En 1978, poco después de constituida la constructora Koyaike, sus oficinas estaban en el
edificio Centro Andrés Bello, en la avenida Andrés Bello, en Caracas, frente a la plaza del
mismo nombre, complejo de 2 torres de 16 pisos y 6 niveles de sótanos de
estacionamientos, imprentas y otros menesteres.
En la entrada Este del Edificio, Luis Espindola, 70 años, alto y delgado, pelo negro,
conversador incansable, lustra zapatos con apasionado esmero y asombrosa técnica
ancestral hasta que los cielos de Caracas, sus nubes y algunos aviones se ven reflejados en
ellos. Nunca un par de zapatos estuvo mas limpio y brilloso que tras dejar el cajón de
ceremonias de Luis, quién además mueve los hilos para actualizar e incluso sacar
subrepticiamente los documentos legales de cualquier empresa desde los Registros
Mercantiles que funcionan en los sótanos 1 y 2 del edificio.
El 28 de julio de 1978, en la acera de enfrente al edificio, el famoso abogado Ramón
Carmona Vásquez, 36 años, entre fuerte y ligeramente gordo, esperaba un taxi que lo
llevara al centro, a los tribunales.
Junto a él se detuvo un carro del que bajaron velozmente cuatro sujetos de ametralladora
y uniforme negro.
Carmona, de impecable traje marrón claro y corbata púrpura, apretó el maletín con
documentos legales y echó a correr hacia la plaza mientras intentaba desenfundar su
Beretta 9 mm.
Los 4 funcionarios policiales del grupo GATO de la PTJ, de uniforme y a cara descubierta
pretendían secuestrar al abogado.
Al ver que arrancaba, corrieron tras él.
No disparen, gritaba Anuel, jefe de los policías. Lo pidieron vivo.
Una vez que logró desenfundar, Carmona se detuvo, giró hacia sus perseguidores e
intentó dispararles.
Anuel le metió 15 de los 69 tiros de ametralladora que le disparó apenas vió que Carmona
levantaba su arma.
Carmona se sintió pesado, muy pesado. Giro lentamente hasta descansar sobre su
espalda. Miró al cielo al que no se iría jamás y maldijo hasta que la sangre le cortó la
última maldición: hijos de pu..
El crimen, de obscenidad venezolana, suscitó inmenso revuelo: el abogado mas famoso de
la ciudad acribillado a plena luz del mediodía por cuatro policías que no se tomaron la
molestia de esconder su identidad.
Xavier Jesús Anuel Pacheco y los suyos no se acercaron a Carmona para asegurarse de que
estuviera muerto. Sabiendo cuánto plomo puede digerir un hombre caminaron
tranquilamente hasta el automóvil en que llegaron y se fueron directamente al cuartel de
la PTJ a dar cuenta a su jefe del camino que había tomado el encargo.
En la plaza se produjo grandísimo revuelo y mucho silencio. Todos salieron indemnes por
inexplicable fortuna. Cuarenta tiros de ametralladora que corrieron por la plaza en busca
de carne humana y solo encontraron árboles y lejanas paredes.
Nadie había visto ni escuchado nada hasta que los cuatro representantes de la ley se
perdieron a la distancia en su vehículo policial.
Entonces no había teléfonos móviles con los cuales hacer un videíto para subir a Tiktok.
Había que esperar la llegada de periodistas con sus cámaras fotográficas antediluvianas y
la salida de los diarios de la tarde que darían cuenta del ilícito y de sus autores.
Cuando los funcionarios se retiraron el abogado hizo lo único que le cabía hacer en esas
difíciles circunstancias: murió “como todos los muertos de la tierra”, en su caso,
desangrado sobre la acera.
Entonces, desentrañé a mi persona Dupin, me interesé en el obsceno asesinato y traté de
descubrir la verdadera autoría intelectual del crimen.
Era poco probable que los funcionarios policiales que le dieron muerte hubieran actuado
por iniciativa propia. Era evidente que la instrucción de asesinar les fue dada por su jefe
directo Manuel Molina, quien meses después fue condenado como autor intelectual del
homicidio del abogado Carmona.
Aunque condenado como autor intelectual del asesinato de Carmona, Manuel Molina
nunca fue a la cárcel en atención a los importantes favores que había prestado el gobierno
de Carlos Andrés Pérez. Simplemente fue destituido de su cargo de Director Nacional de la
Policía Técnica Judicial.
Pero, ¿era Molina Gáspieri el verdadero autor intelectual del asesinato de Carmona o
había recibido órdenes de una persona en posición de obligarlo a hacerse responsable de
algo que él nunca habría hecho?
¿Qué razones asistieron a Molina para dar orden de asesinar a Carmona?
Pronto pude constatar que el abogado asesinado tenía graves conflictos legales con Mayra
Vernet, entonces esposa de Molina Gáspieri.
Cabe preguntarse cómo la despampanante Mayra logró sacar de sus casillas a Molina al
extremo de que éste decidió actuar no solo desembozadamente si no de la manera mas
ostensible, segura e inmediata: encomendó el asesinato a Anuel, jefe del grupo “G.A.T.O”,
el comando elite de la PTJ.
Afirmo que lo sacaron de las casillas porque nadie en su sano juicio se involucra
abiertamente en un crimen si puede disimularlo y es evidente que si Molina quería matar
a Carmona podría haberlo hecho sutilmente.
Meses antes, Molina, a través del propio Anuel se había encargado de una tarea crucial
para el gobierno de Venezuela: dio muerte a Reny Otolina, máximo presentador de la TV
local y en ese momento candidato a la presidencia de Venezuela, quien se jactaba de
tener documentos que demostraban delitos cometidos por Molina que consistían en
extorsión a empresarios.
Si bien no lideraba las encuestas presidenciales, Reny cada día resultaba mas peligroso
para el establishment político, tuviera o no papeles que inculpaban a Molina.
El bimotor en que Reny volaba desde Caracas a la isla de Margarita se estrelló contra en el
pico Naiguatá, del Parque Nacional El Ávila, a plena luz del día y bajo cielos sin una nube.
Los GATOS corrieron hasta el sito del siniestro e hicieron desaparecer todos los restos del
avión, lo que hizo imposible investigar ese crimen sin duda perpetrado por ellos.
En 1986, ocho años después de la muerte de Carmona, el avión en que Manuel Molina
viajaba desde Caracas hacia el sur del país tosió algunas veces y tanto el piloto como
Manuel se decían “coño es gasolina aunque los indicadores muestran que los estanques
están casi llenos”. Y era gasolina de modo que viajaron mas de un minuto derecho a tierra,
Manuel recordando a Reny, al abogado Carmona y a muchos otros y maldiciendo a Mayra
de quien se había divorciado hacía algunos meses.
Durante esos ocho años en Venezuela ocho connotados abogados fueron asesinados a
tiros.
Uno nunca se dice éste debe ser hermano del asesino, aunque en el caso del primo de
Graciela Goncalves, madre de mi hija Claudia, lo hice.
Aunque no lo imaginé, el día que leí en la prensa que en Montevideo por fin habían
encontrado al asesino que había dado muerte a varias jovencitas y que resultó ser un
joven socialité de apellido Goncalves, cuando llegué a casa le comenté a Graciela: de
modo que tienes un primo asesino en serie.
Ella, que es una mujer extremadamente formal, saltó a averiguar qué estaba pasando y a
los pocos minutos me confirmó que efectiva y aterradoramente su primo era un asesino
en serie y que ella veía con gran preocupación que nuestra pequeña hija Claudia un día
habría de enterarse de ello y, aún mas, que en el futuro en la escuela pudiera ser objeto
de discriminación por esta causa, lo que en efecto ocurrió.
Pero cuando conocí al inspector de obra en la construcción del hipódromo del Zulia, José
Anuel Seijas, nunca imaginé que ese hombre probó, mesurado, desconfiado, inseguro y
tranquilo pudiera ser hermano de Xavier Jesús Anuel Pacheco, el jefe de los “GATOS” de la
PTJ, el hombre que disparó en numerosas ocasiones al abogado Carmona en el paradero
de buses frente al edificio Andrés Bello.
Durante el par de años en que José Anuel fue inspector de obras del Hipódromo de la Rita,
Maracaibo, él siempre tuvo la peor opinión acerca de mi persona, asunto que no se tomó
la molestia de disimular.
Por una parte, me veía joven y avasallador y socio de Vinccler la empresa que había
inventado el plano de topografía original del hipódromo cuya aprobación fue pagada con
el regalo de un avión y entonces Anuel suponía que García estaba en componendas con la
empresa que llevaba la inspección de obra y de la cual el tímido Anuel era empleado de
confianza.
También le molestaba mucho verme corriendo en auto por los caminos internos del
hipódromo, anchos caminos de tierra a lo largo de las cuales yo intentaba doctorarme en
manejo a alta velocidad.
Entonces era común que yo apareciera en alguna curva a gran velocidad en medio de una
nube de polvo con mi carro cruzado derrapando en la carretera y que me encontrara en
ese trance con el jeep de José Anuel que venía lentamente en sentido contrario
maldiciendo al hijo de puta que maneja dentro del hipódromo en construcción como si
estuviera corriendo un rally.
También le molestaban mis líos de faldas y mi brutal sentido del humor.
Pero lo que más le molestaba era que me consideraba parte de la mafia de Vinccler y
entonces pensaba que yo estaba de acuerdo con sus patrones para conseguir de la
inspección cualquier beneficio ilegal en la construcción y el pago de la obra, cosa que en
rigor nunca fue así.
José era el típico hombre sencillo al que siempre le pasan cosas inmerecidas, inesperadas,
terribles.
Así nos contó una vez, durante la construcción del hipódromo, que había desaparecido
durante dos días porque el domingo anterior lo había venido a visitar un hermano y que
éste, José y la esposa e hijos de José fueron a una playa en La Guajira. Apenas llegaron a la
playa se les acercó un grupo de indios guajiros y los acusó de que habían sido José y su
hermano quienes la noche anterior habían robado algo en la casa de uno de los guajiros,
asunto que del cual obviamente José Anuel no tenía ninguna noticia y en el cual no había
tenido participación alguna porque era un hombre incapaz de cualquier conducta ilegal.
Según su costumbre, los guajiros los mantuvieron amenazados de muerte durante todo el
día y los hicieron objeto de numerosos abusos en la esperanza de lograr que José y su
hermano confesaran que ellos eran los autores del robo qué había ocurrido la noche
anterior. Cuando nos contó el evento José trató de transmitir el terror que le produjo el
solo hecho que sus hijas pequeñas hubieran sido testigos de las amenazas de muerte que
los indígenas hacían a su padre.
Para entender la magnitud de la situación es necesario saber que los guajiros acostumbran
aplicar la justicia por sí mismos. No se valen del sistema judicial del país. Entonces para
cada delito tienen establecida alguna pena y ellos se aseguran de qué esa pena se aplique.
Así, por ejemplo, si atropellas a un guajiro al día siguiente conseguirás lo que ellos llaman
“un tres cincuenta”: un camión Ford modelo F350 en cuya plataforma con rejas van 20 o
30 guajiros. Y ese 350 estará estacionado frente a tu casa y tú ni nadie podrá entrar o salir
de ella hasta que pagues a los guajiros el precio del guajiro que atropellaste, precio que
está establecido en la cultura guajira, porque no se la puede llamar legislación tradicional
guajira. El precio normalmente consiste en un elevado monto en dólares o en especies.
Durante el primer año de construcción del hipódromo uno de los hijos de José Anuel
quedó sin trabajo y José muy a su pesar me pidió si podía darle empleo en alguna de mis
empresas, cosa que hice sin otro propósito que ayudar a José y solidarizar con él. Este
pequeño favor en poco o nada contribuyó a mejorar nuestras relaciones: él seguía
teniendo la peor impresión acerca de mi persona.
Un par de años después la empresa de Mathinson y Corrales que hacía la inspección del
hipódromo fue penalizada por la Contraloría General de la República por diversos delitos,
derivado de lo cual José Anuel quedó sin trabajo. Entonces moví mis contactos para
conseguirle empleo en una empresa de inspección de obras, lo que por fin condujo a que
José se allanara conmigo y me invitara a tomar unas cervezas.
Durante nuestro encuentro José confidenció que él era hermano del GATO Anuel, el que
asesinó al abogado Carmona y que eso era para él motivo de inmensa vergüenza y lo hacía
sentirse un estigmatizado social, un paria.
Y cuando de las cervezas pasamos al whisky y de la pequeña apertura a un franco
intercambio, José me confidenció que siempre me había detestado pues suponía que yo
era un delincuente, pero que los años lo habían llevado a verme de otra manera.
También me confidenció que la mayor de sus hijas se había enamorado del hijo de un
connotado mafioso y que el matrimonio de los muchachos se celebraría próximamente en
el hotel Tamanaco.
José quería que yo fuera el único invitado a su mesa, porque una vez más él se veía
comprometido en una situación que lo estigmatizaría, como sería el que su hija empezara
a formar parte de una familia miembro de una connotada mafia internacional.
El matrimonio fue espectacular en todo sentido. Además de espléndidas bebidas y
comidas los asistentes eran casi sin excepción mafiosos de aspecto cinematográfico que
habían llegado desde los Estados Unidos y que venían con sus guardaespaldas quienes
permanecían armados dentro de la sala donde se llevaron a cabo la cena y los festejos.
Tuve el privilegio de acompañar a José y su esposa en la primera fila de mesas y observar
la vergüenza y el bochorno que toda esta situación les producía, aunque los novios no
daban la sensación de ser parte de esa connotada y ostensible mafia internacional.
Años después supe que mi amigo Fernando González Camus con quien hemos tenido
asombrosas coincidencias a lo largo de nuestras vidas, también estuvo presente en esa
cena de mafiosos, por cuanto la empresa de inspección en la que conseguí trabajo a José
Manuel era justamente la empresa de la que Fernando González era socio.
Pocos años después José Anuel falleció de un infarto.
Un hombre joven con una vida que le resultó difícil de entender y aceptar.